Un proyecto de barra que empieza por una pregunta simple: qué necesita saber quien atiende el mostrador a las ocho de la mañana, antes de que entre el primer vecino.
La pizarra de filtrados llevaba meses funcionando con un cuaderno y tres rotuladores. Funcionaba, pero cada persona que entraba al turno tenía que reconstruir el estado del día: qué lote se había abierto, cuánto quedaba, qué molienda se había ajustado por la humedad y qué pieza de bollería estaba a punto de agotarse. La tarea no era digitalizar por digitalizar, sino dejar por escrito lo que ya se sabía de viva voz.
El enfoque fue reducir el panel a cuatro columnas útiles: origen y fecha de tueste, método asignado, ajuste de molienda del día y observaciones de cata. Nada de gráficas ni porcentajes. Si un dato no cambiaba una decisión durante el servicio, se quedaba fuera. Esa poda fue la parte más discutida del proyecto.
La implementación se hizo en dos semanas, en paralelo al horario normal. Primero se probó en la barra de espresso, donde el ritmo es más alto y los errores se notan antes. Después se trasladó a la mesa de filtrados. El obrador mantuvo su propio registro en papel para la repostería, porque la producción cambia demasiado rápido como para forzar una pantalla en medio de la fermentación.
El resultado no fue un cambio visible para el cliente, y eso era parte del objetivo. Lo que sí cambió fue el traspaso de turno: ahora se hace en cinco minutos y con menos preguntas repetidas. La vitrina de granos para llevar también se beneficia, porque el stock de bolsas se descuenta al vuelo en lugar de anotarse al cierre.